Invocación (Cuarta parte)

Luthios cabalgaba hacia Tenebrae con ahínco y con un único pensamiento anidando en su mente: “Debo despertar a Thengonodrim, el Padre de los Dragones. El podrá ayudarme en esta aventura, despertando a sus hijos. Mas, ¿cómo lo despertaré?. Es una tarea ardua la que me espera… ¡Anda! Una posada. Pararé para comer algo que llevo tres días cabalgando sin parar…”

Así pues el Hechicero bajó de su caballo y entró en el local que resultó estar totalmente vacio. -“¡¡Posadero!!” – gritó, pero nadie le contestó – “¿Hay alguien ahí?” – espetó a la oscuridad reinante. No obtuvo respuesta. “Me quedaré aquí a pasar la noche” pensó “pues es un lugar en el que al menos gozaré del cobijo de un techo sobre mi cabeza”. En ese momento se relajó y el hechizo menor que había mantenido durante los tres últimos días se desvaneció dejando al descubierto su verdadero aspecto y poder.

Justamente en ese momento sintió el miedo de una persona que estaba escondida detrás de la barra -“Sal de ahí posadero y prepara algo para que podamos comer los dos. No te haré nada, lo prometo” – dijo Luthios.

El posadero salió y preparó la cena, convencido de que un poderoso señor como el que había llegado a su posada no querría matar a un pobre diablo como él. Y estaba en lo cierto. Gozaron de una noche calmada, de una cena caliente y de un sueño reparador.

Al día siguiente el Hechicero se levantó temprano para inspeccionar el lugar. Era una posada muy vieja, pero su milenaria mente de Hechicero la recordaba muy bien. Ahí, trescientos años antes, se había parado ha esconder su báculo de poder. El destino le había atraido de nuevo a este lugar ya que iba a necesitar todo el Poder Antiguo que pudiera reunir. Con sus sentidos alerta, dispuesto a detectar la menor Magía Antigua, se puso a buscar. Tras buscar por espacio de tres horas, encontró lo que sabía que estaba allí: su báculo. Lo extrajo de la piedra en la que estaba fundido y le dijo estas palabras: “Despierta ahora, mi viejo amigo, pues nos espera la misión más importante que jamás hayamos realizado”. El báculo reaccionó a esas palabras y con un brillo sólo discernible por los Magos Altos despertó a todo su poder y vieja gloria, produciendo una disrupción en el contínuo del Poder Antiguo.

Tras recuperar su antiguo instrumento de poder el Hechicero dejó un saco de oro al posadero, que aún estaba dormido, por una vez sin miedo. Con un silbido llamó a su caballo y conjuró de nuevo el hechizo que le permitía pasar desapercibido por el mundo. Espoleó a su montura y se perdió por el horizonte rumbo a Tenebrae…

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